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Guía · 11 min de lectura · actualizado julio 2026

Cómo hacer la página web de un restaurante: guía completa 2026

Cómo hacer la página web de un restaurante: qué tiene que tener, las opciones reales para armarla y la diferencia entre una página que muestra y una que vende.

Gratis para empezar. Sin tarjeta.

Ahora mismo hay alguien buscando tu restaurante desde el teléfono. Quiere ver el menú, saber si estás abierto y decidir en dos minutos si pide, reserva o sigue de largo. Lo que encuentre en esa búsqueda —una página clara, un perfil abandonado o nada— decide si esa persona come en tu local o en el de al lado.

Armar la página no es el problema: hoy hay decenas de formas de tener algo publicado en una tarde. El problema es elegir mal el tipo de página. Un constructor genérico, una lista de enlaces en la bio y una página que además vende son tres cosas distintas, con costos distintos y —esto es lo que casi nadie te dice— con resultados distintos sobre la caja.

Esta guía va por partes: primero qué tiene que tener la página de un restaurante (en orden de importancia), después las opciones reales para armarla con lo bueno y lo malo de cada una, y al final la pregunta que ordena todo: ¿querés una página que muestre, o una que venda?

Qué busca la gente cuando entra a la página de un restaurante

Antes de elegir herramienta, entendé al que está del otro lado. El que llega a tu página no viene a leer tu historia: viene con tres o cuatro preguntas concretas y muy poca paciencia. ¿Qué tienen y cuánto cuesta? ¿Están abiertos ahora? ¿Dónde quedan? ¿Cómo pido o reservo?

El orden importa. La primera pregunta es casi siempre el menú con precios: es lo que decide si la persona sigue o se va. Recién después vienen los horarios, la dirección y la forma de contacto. Sin embargo, la mayoría de las páginas de restaurantes están armadas al revés: una foto grande del salón, un texto de bienvenida, y el menú escondido en un PDF al fondo.

La regla práctica: cada pregunta del cliente tiene que poder responderse sin scrollear más de una vez y sin salir de la página. Si para ver la carta hay que descargar un archivo, o para reservar hay que copiar un número y abrir otra app, cada paso extra te cuesta clientes. No hace falta medirlo con precisión para entender la dirección: menos pasos, más pedidos.

Lo que la página tiene que tener, en orden de importancia

El menú, primero y completo. Con precios siempre —el menú sin precios genera desconfianza, no misterio— y con fotos si podés: entre un nombre suelto y un plato que se ve, el plato que se ve gana. Organizalo por categorías y mantenelo al día: un precio viejo en la página es una discusión en la caja.

Los horarios, visibles sin buscar. Ideal si la página misma dice si estás abierto ahora, porque "martes a domingo de 11 a 23" obliga al cliente a hacer la cuenta. Y la dirección con un link al mapa, no solo el texto: el que va por primera vez quiere tocar y que lo lleve.

Una forma de contacto directa que de verdad atiendas. Si es un número de WhatsApp, que alguien lo conteste en el horario de servicio; un canal que no responde es peor que no tenerlo. Si tomás reservas, que se pueda reservar desde la página, no "escribinos para consultar disponibilidad".

Por último, tus links: las redes, la carta de vinos, el menú de catering, el formulario de eventos. Son importantes, pero van después de lo esencial — son el postre de la página, no el plato principal.

Los errores que se ven todos los días

El menú en PDF. Es cómodo para vos —exportás el archivo de la imprenta y listo— y es incómodo para todos los demás: se descarga lento, se lee con zoom, no se puede buscar y en el teléfono es una lupa constante. Si tu carta vive en un PDF, ya sabés cuál es la primera mejora.

La página pensada para computadora. Casi todas las visitas a la página de un restaurante llegan desde un teléfono: alguien con hambre, parado en la calle o tirado en el sillón. Probá tu página en tu propio celular antes que en cualquier otro lado; si hay que hacer zoom o el menú se rompe, ahí perdés gente.

La información desactualizada. El horario especial que quedó de las fiestas, el plato que ya no existe, el precio de hace seis meses. Una página desactualizada es peor que una simple, porque promete algo que el local después no cumple. El criterio para elegir herramienta debería incluir esta pregunta: ¿qué tan fácil es cambiar un precio un martes a las 18:45?

Un link distinto para cada cosa. El menú en un PDF, las reservas en un formulario, el delivery en otra app, todo pegado con cinta en la bio. El cliente no tiene por qué aprender tu arquitectura: un solo link que lleve a todo es más fácil de compartir, de recordar y de imprimir en un QR.

Opción 1: armarla con un constructor genérico

Los constructores de páginas genéricos te dejan armar casi cualquier cosa: elegís una plantilla, arrastrás bloques, conectás un dominio propio. Lo bueno es real: control total del diseño, una web institucional con todas las páginas que quieras, y tu dominio punto com si eso te importa.

Lo malo también es real. Las plantillas están pensadas para cualquier rubro, así que el menú es una página estática más: cada cambio de precio es editar a mano, y nada te avisa cuando quedó viejo. Vender por ahí —pedidos, reservas— implica integrar piezas de terceros que no fueron pensadas para un restaurante, cada una con su costo y su mantenimiento.

La cuenta honesta incluye el tiempo: armarla bien lleva días, mantenerla lleva horas por mes, y esas horas las pone alguien — vos, un familiar con paciencia o un profesional al que le pagás. Para quién tiene sentido: si querés una presencia institucional grande, con historia, prensa y varias sedes de contenido, y tenés quien la mantenga. Para mostrar y vender el día a día del local, suele ser más estructura de la que hace falta.

Opción 2: una lista de enlaces en la bio

La lista de enlaces es la solución más rápida que existe: una mini-página con tu nombre, tu foto y una pila de botones — el menú, el delivery, las reservas, las redes. Se arma en una tarde, cuesta poco o nada, y para eso que hace, lo hace bien.

El límite está en su propia naturaleza: es una escala, no un destino. Cada botón empuja al cliente a otra parte — el menú a un PDF, el pedido a una app de delivery, la reserva a un chat. La página en sí no vende nada; reparte. Y lo que pasa después de cada click ocurre en terreno ajeno: si el botón de pedidos lleva a un marketplace, el pedido paga la comisión del marketplace y el dato de ese cliente queda allá, no con vos.

Para quién tiene sentido: si estás arrancando y hoy solo necesitás juntar tus links en un lugar prolijo, es un primer paso digno. Solo tené claro qué es: la puerta de entrada a otros lugares, no tu local en internet.

Opción 3: una página hecha para restaurantes, que además venda

La tercera opción es una página pensada desde el rubro: el menú como centro (no como PDF adjunto), los pedidos y las reservas dentro de la misma página, y todo editable desde un panel sin tocar diseño. No la armás bloque por bloque; cargás tu carta, tus horarios y tu marca, y la página existe.

Dentro de esta categoría no todo es igual, y acá conviene mirar con lupa tres cosas. Primero, la comisión: algunas plataformas cobran un porcentaje por cada pedido que entra por tu propia página — leé la letra chica, porque un porcentaje sobre tus ventas es un socio que no elegiste. Segundo, la marca: ¿la página se ve como tu local o como la plataforma? Si el cliente recuerda el nombre de la herramienta y no el tuyo, la página trabaja para otro. Tercero, el dato: cuando alguien pide, ¿ese cliente queda en tu base, con su historial, o queda en la de la plataforma?

Lo malo, con honestidad: tenés menos libertad de diseño que con un constructor genérico — no vas a armar una home experimental con siete secciones de fotos artísticas. A cambio, lo que un restaurante necesita ya viene resuelto y probado. Para la mayoría de los locales que viven de pedidos y mesas, ese intercambio conviene.

Cómo decidir: tres preguntas y una cuenta

Primera pregunta: ¿quién la va a mantener? La página que nadie actualiza se pudre en meses. Si la respuesta es "yo, entre servicio y servicio", necesitás algo donde cambiar un precio tome un minuto desde el teléfono.

Segunda: ¿la página tiene que vender o solo mostrar? Si solo querés que te encuentren y te llamen, casi cualquier opción sirve. Si querés que la gente pida y reserve, la página tiene que poder cerrar la venta ahí mismo — cada salto a otra app o a un chat es una fuga.

Tercera: ¿de quién queda el cliente? Es la pregunta menos obvia y la más cara. Hagamos la cuenta con números redondos: un pedido de Gs. 150.000 que entra por un marketplace paga entre 18% y 30% de comisión — entre Gs. 27.000 y Gs. 45.000 de ese pedido no llegan a tu caja. Con 100 pedidos así al mes, son entre Gs. 2.700.000 y Gs. 4.500.000 mensuales. Es aritmética simple, no una estadística: el porcentaje crece con cada venta tuya.

Una página propia que vende con costo fijo invierte esa lógica: el costo es el mismo venda lo que venda el local, y cada cliente que pide queda en tu base, con nombre e historial, para que puedas hacerlo volver sin pagar por reencontrarlo. Los marketplaces pueden seguir siendo un canal para que te descubran — el punto es que tu propia página no debería cobrar como uno.

La diferencia entre una página que muestra y una que vende

Todo lo anterior sirve con cualquier herramienta. Pero hay un punto donde la guía llega a su límite: podés armar una página impecable que muestre el menú, los horarios y la dirección, y aun así el pedido y la reserva terminan pasando por otro lado. Esa es la diferencia entre mostrar y vender, y es exactamente lo que PedíAcá resuelve.

Con PedíAcá tu local tiene su propia dirección —pediaca.app con su nombre— con sus colores y su logo: el acento de toda la página sale de tu marca, hasta los botones, sin un color de plataforma encima. Y vos decidís qué se muestra y en qué orden; si no vendés gift cards ni tomás reservas, esas secciones no existen en tu página.

El menú es lo primero y está vivo: se edita desde el panel, con fotos de una biblioteca por tipo de plato para que la carta se vea bien desde el primer día sin sesión de fotos, y un plato agotado se apaga y deja de poder pedirse. Los pedidos y las reservas se hacen en la misma página — no es una escala que empuja al cliente a otra parte: es el destino. Arriba va el anuncio del día (un cambio de horario, una noche especial) y debajo, todos tus links propios: la carta de vinos, el catering, tus redes.

Todo eso vive detrás de un solo link con su QR, el mismo para la bio de Instagram, las respuestas por WhatsApp y la mesa. Y cada persona que pide queda en tu base de clientes, con su historial — no en la de un intermediario. El plan es un precio fijo por mes con 0% de comisión por pedido, y podés probarlo gratis sin poner tarjeta: armá tu página, cargá tu carta y compartí el link hoy.

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